Pirámide Chichen Itzá ok

Un incontable número de autobuses turísticos y viajeros untados en crema solar nos dan la bienvenida y nos confirman que hemos llegado a nuestro destino: estamos a las puertas de Chichén Itzá, el complejo de ruinas mayas más importante del caribe mexicano y principal atractivo –junto a sus playas- del estado de Yucatán.

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El calor aprieta, estamos en pleno mes de julio y una botella de agua es lo primero que busco en cuanto pongo un pie en el interior del recinto. Una vez listos miramos al frente y comenzamos, mapa en mano, el recorrido que nos llevará durante las próximas horas a descubrir todo un mundo del pasado. Tenemos las expectativas en lo más alto del escalafón y esperamos no quedar decepcionados.

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Nos abrimos paso como podemos entre la continua marabunta. Es increíble cuántas personas pueden darse cita cada día en este rincón de México. Se hace complicado encontrar un claro en algún momento: hay gente en todas partes. Aún así, nos las aviamos para ir adelantando.

Y poco tenemos que avanzar para comprender el por qué Chichén Itzá está considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Además, su gran pirámide, el templo de Kukulkán –dios al que está dedicado todo el lugar- fue elegida una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo Moderno en 2007. Es lo primero con lo que nos topamos al poco de comenzar nuestra ruta desde el centro de visitantes.

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El Castillo

Impresiona, la verdad. Sus 25 metros de altura imponen cuando una se coloca frente a ella. En la actualidad ya no se puede subir hasta lo más alto, aunque esto cambió hace no muchos años: antes los viajeros podían subir y bajar a su antojo por la pirámide.

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El templo de Kukulkán, también conocido como “el Castillo”, fue construido hacia el 800 después de Cristo. El que veo ante mí, sin embargo, no es el original, sino una superposición sobre la primera pirámide. Los mayas, grandes matemáticos y astrónomos, calculaban todo hasta tal punto y con tal precisión que cada uno de los detalles de sus construcciones tiene un por qué. Tan solo hay que fijarse, por ejemplo, en que cada uno de los cuatro lados de la pirámide posee una escalinata compuesta por 91 escalones. Si los multiplicamos, 91×4, nos da el número 364. En lo alto de la pirámide hay un último escalón que lleva al templo. 364 + 1: 365 escalones, uno por cada día del año. En la base, dos grandes cabezas de serpientes emplumadas: efigies del dios Kukulkán.

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Aunque son muchos los visitantes a Chichén Itzá de enero a diciembre, cuando de verdad el lugar recibe a más turistas y viajeros es durante los equinoccios de otoño y primavera. Esos días, y de forma natural, la situación del sol provoca que se de un juego de luces y sombras que hacen aparecer una serie de figuras en uno de los lados de la pirámide. Figuras que imitan a una serpiente emplumada que repta por ella en dirección al Cenote Sagrado simbolizando la bajada del dios a la tierra. Debe de ser un espectáculo increíble, aunque haya acabado, tristemente, convertido una atracción turística más que, hoy día, ha perdido todo su verdadero sentido.

A vida o muerte

Y de la pirámide de Kukulkán a otro de los puntos imprescindibles que no pueden faltar en nuestra visita: la explanada del gran juego de pelota. Y no hablo de un juego de pelota cualquiera, que conste: se trata del más importante de México y solo uno de los ocho que existen en Chichén Itzá.

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Aquellos que no hayáis estado jamás en México o en alguna de sus ruinas mayas, diréis: ¿de qué estamos hablando? Os cuento: se trata de un juego ceremonial del que realmente, a día de hoy, no llegan a conocerse del todo sus reglas. Lo que sí se sabe es que a veces tenía un tinte religioso aunque también se practicaba en la vida cotidiana, y que era la opción elegida, en ocasiones, para tomar decisiones o resolver conflictos. La solución era tajante: el equipo perdedor acabaría, literalmente, sin cabeza. Para manejar la pelota, dura y pesada, no podrían utilizarse las manos, y el equipo ganador sería aquel que lograra introducirla por un aro de piedra a una altura considerable.

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Paseando por la enorme explanada nos fijamos en algunos de los curiosos relieves que decoraban sus muros. Me llama mucho la atención –y, tengo que decirlo, me hace gracia-, uno en el que una calavera aparece fumando lo que parece una pipa… Todo tendrá su explicación, ¡a saber cuál es la de este en concreto!

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Clap, clap, clap. Suenan palmadas continuamente. Los turistas que viajan en grupo se arremolinan en torno a sus guías para escuchar, atentos, cómo la acústica del lugar es impresionante. Se puede estar hablando a un volumen normal en un extremo, que en el otro puede escucharse perfectamente cada palabra.

Entre calaveras e iguanas

De repente un muro llama mi curiosidad: decenas de calaveras aparecen representadas en sus piedras. Una tras otra, sucesivamente. La guía –Lonely Planet- se encarga de chivarme que se trata de “la plataforma de los cráneos”, el agradable lugar en el que se ensartaban las calaveras de los sacrificados en Chichén Itzá.

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A la vez sobre las piedras, entre las plantas, escondidos en los huecos más improvisados o camuflados entre la maleza aparecen, desde que comenzamos nuestra visita, las auténticas protagonistas: las iguanas. Realmente se convertirán en una constante durante todo el viaje a lo largo de México y Guatemala que acabamos solo de comenzar. Con sus lentos movimientos y sus miradas atentas son las verdaderas dueñas del lugar. Y casi las más fotografiadas, porque acaparan la atención de todos los que pasean por los caminos de Chichén Itzá.

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La boca del pozo de los Itzáes

El Cenote Sagrado -aquel hacia el que se dirige la extensa sombra de la serpiente emplumada desde la gran pirámide cada equinoccio- se encuentra al final de un sendero de 300 metros repleto de puestos y tenderetes en los que se venden souvenirs. Uno tras otro parecen tener prácticamente los mismos recuerdos que poder llevarse a casa. Y uno tras otro, sus dueños, se empeñan en que nos convirtamos en unos clientes más intentando vendernos lo inimaginable. Da igual insistir en que no estamos interesados: la escena se repite continuamente durante toda la visita –¡casi más que las iguanas!-.

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Es el cenote el que realmente le da nombre al complejo. Chichén Itzá significa “la boca del pozo de los itzáes” precisamente por el lugar en el que nos encontramos ahora. A pesar de los 36 metros de profundidad del cenote, desde arriba se puede adivinar, más o menos, el intenso tono verdoso de sus aguas. Siendo sagrado, es lógico que en él se llevaran a cabo ofrendas, en este caso en honor al dios Chaac, “señor de las lluvias”. Se arrojaban a lo más hondo objetos de valor: desde piezas de jade a piedras preciosas o cuchillos de obsidiana. También se realizaba algún que otro sacrificio. No son pocos los restos óseos que se han encontrado en su fondo –en muchos casos pertenecientes a jóvenes doncellas convertidas en ofrendas-.

Este es el observatorio conocido popularmente como "el Caracol"

Este es el observatorio conocido popularmente como “el Caracol”

El recinto de Chichén Itzá da para toda una mañana recorriendo sus diferentes restos arqueológicos. No hay que olvidarse del “Templo de las Mil Columnas”, por ejemplo. O el conocido como “Caracol”, un observatorio de diseño circular que conforma otro de los principales atractivos del lugar. Uno puede imaginar las miles de historias que transcurrieron en estos edificios hacia el 525 después de Cristo, cuando se calcula que se levantó todo el complejo. A pesar de que la paz reinaba en esa época se cree que mil años más tarde, cuando llegó la caída de la región, eran las pugnas y luchas las protagonistas del día a día.

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Pasamos un rato cobijados bajo una pequeña sobra que nos ofrece un árbol. Desde ella nos quedamos embobados contemplando el “Edificio de las Monjas”. Sus dimensiones son enormes –solo de largo ya supone 60 metros-, y frente a ella se encuentra una enorme piedra dedicada a realizar sacrificios.

Tras la calma, llega la tormenta

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Tras varias horas bajo un sol abrasador, y con la botella de agua que compramos al inicio del día ya vacía, decidimos que es hora de volver sobre nuestros pasos. En el camino continuamos cruzándonos con más y más grupos de viajeros que llegan en esos momentos a Chichén Itzá. De repente, resuena un enorme estruendo: un intenso trueno se hace con el protagonismo. Alzo la mirada al cielo y veo que pesadas nubes grises se acercan. Una gran tormenta tropical está a punto de estallar, así que me apresuro a hacer la última foto de la pirámide de Kukulcán con esta imagen de fondo. Apago la cámara y corremos hacia nuestro coche. Nada más sentarnos en nuestros asientos las gotas comienzan a estrellarse con fuerza contra el parabrisas.

A los dos minutos somos conscientes: menuda de la que nos hemos librado.