Islandia. Noviembre 2016.

Islandia. Noviembre 2016.

A veces pienso que, realmente, me sucede algo que no es del todo normal. En serio, -no os lo toméis a broma-, creo que mi pasión por viajar llega a rebasar los límites de lo lógico. Que se convierte en una especie de obsesión. Y es que no importa en qué ande liada, qué preocupaciones invadan mi cabeza, dónde me encuentre o qué hora sea: cada instante de mi vida tiene un hueco para pensar en viajes. Y no me refiero únicamente a fantasear con próximos destinos, imaginar lugares que me quedan por conocer e ilusionarme con aquellas experiencias que viviré en un futuro. Esa pasiobsesión –llamémosla así- va bastante más allá. Y os explico.

¿Qué pensaríais si os contara que mi día a día está invadido de recuerdos? Bueno, vale, quizás esto no suene tan extraño. Pero es que esos recuerdos a los que me refiero, no son recuerdos cualquiera. Son única y exclusivamente relacionados con viajes. Así, de esta forma, puedo estar yendo en bici a trabajar, fregando los platos, haciendo la compra, duchándome o corriendo en la cinta del gimnasio. Mientras hago las tareas más cotidianas de mi vida, recuerdos en forma de flashes vienen a mi cabeza y me teletransportan a lugares y vivencias que he experimentado en el pasado. Es como si el mundo se parara por un instante y reviviera esos momentos. Y no tiene por qué haber un detonante que haga que acuerde de repente, por ejemplo, del día que cené en un restaurante al aire libre rodeada de farolillos colgados de árboles en Bagan, Myanmar. O que rememore aquella madrugada viendo amanecer desde una de las dunas de Sossusvlei, en Namibia. Que sienta el olor de la comida callejera de Tailandia como si la tuviera delante y me venga a la mente la señora que me regaló el almuerzo en un autobús local de camino a Sukkothai. Los recuerdos llegan porque sí. Se plantan de repente en mi mente. Y ya está.

Namibia. Agosto 2010.

Namibia. Agosto 2010.

Volcán Pacaya, Guatemala. Julio 2014.

Volcán Pacaya, Guatemala. Julio 2014.

Egipto. Octubre 2003.

Egipto. Octubre 2003.

Shiraz, Irán. Enero 2017.

Shiraz, Irán. Enero 2017.

Cataratas Victoria, Zimbabue. Agosto 2010.

Cataratas Victoria, Zimbabue. Agosto 2010.

Colores, sabores y aromas del pasado que toman vida durante unos instantes. Puedo estar desayunando en casa y, durante una milésima de segundo, vuelvo a estar cruzando el árido desierto de Afar en Etiopía. Estoy de nuevo en una playa desierta de Punta Allen, en el caribe mexicano. Recuerdo la canción que entonaba aquel muchacho mientras me llevaba en barca entre manglares en Madagascar. Vuelvo a estar regateando para pagar unas rupias menos por unos cuadernos artesanos en Udaipur, India; paseando por Williamsbrug en Nueva York o navegando entre fiordos en Noruega. Y es que, durante ese instante, en esa milésima de segundo, es como si de verdad estuviera allí. Y el vello se me eriza de emoción de la misma manera o más que cuando me encontraba en persona en esos lugares. El pecho se me hincha de felicidad y lo revivo. Tal cual. Estoy allí otra vez.

Agra, India. Agosto 2008.

Agra, India. Agosto 2008.

Nueva York. Julio 2016.

Nueva York. Julio 2016.

Lalibela, Etiopía. Febrero 2011.

Lalibela, Etiopía. Marzo 2011.

Moscú, Rusia. Febrero 2011.

Moscú, Rusia. Febrero 2011.

Madagascar, mayo 2010.

Madagascar, mayo 2010.

Sí, sé que puede no sonar del todo normal. Es como cuando en tu mente suenan canciones de forma continua y no puedes dejar de tararear sus estribillos. Realmente no lo controlas, simplemente están ahí, en el disco duro de la memoria. Y no hay manera de que se vayan.

Y es que viajar, adentrarse en otros mundos diferentes al nuestro, engancha. Porque las sensaciones que se experimentan cuando se está en esos otros lugares, aprendiendo, conociendo, es tan placentera que solo queremos más y más. Que necesitamos nuestra dosis cada cierto tiempo y nunca nos cansamos. Somos insaciables. Pero, lo mejor de todo, es que esas emociones se reviven, son para toda una vida. Se quedan para ti y no hay nada ni nadie que te las pueda robar. Tus vivencias nunca se acaban porque siempre podrás recordarlas, y eso es algo que no tiene precio.

Valle del Omo, Etiopía. Marzo 2011.

Valle del Omo, Etiopía. Marzo 2011.

Machu Pichu, Perú. Agosto 2016.

Machu Pichu, Perú. Agosto 2016.

Pekín, China. Julio 2009.

Pekín, China. Julio 2009.

Atardece en ibiza, España. Julio 2011.

Atardece en ibiza, España. Julio 2011.

Por eso a pesar de todos los temas de conversación que puedan existir en el mundo, de la enorme cantidad de inquietudes que puedo llegar a tener en mi vida, de lo que jamás me canso de hablar es de viajes. Me puedo pasar horas y horas contando batallitas, como si fuera una auténtica anciana comentando sus vivencias. Cualquier situación que me ocurre acabo comparándola con la de aquella persona que conocí en Marruecos, en Perú o en Irán. No hay pregunta que más me emocione que la de qué destino recomendaría, cuál ha sido el rincón del mundo que más me ha cautivado o qué es aquello que me ha llevado a pasar miedo.

Lo sé, y los que me conocen también: puedo llegar a resultar muy pesada. Mi estado de ánimo puede variar si por alguna razón no tengo ningún destino a la vista. La frustración me lleva al desánimo si no puedo ver esa luz en el horizonte que supone un nuevo viaje. Y me transformo en la más feliz del mundo en el momento en el que pulso con el ratón la pestaña de “comprar billete” en la pantalla de mi ordenador. No importa para qué medio de transporte ni a dónde sea el destino. Porque aquel que piense que el viaje comienza en el momento en el que se sale de casa, está muy equivocado. Los preparativos emocionan igualmente y son los teloneros de lo que vendrá después. 

Mar Muerto, Israel. Marzo 2015.

Mar Muerto, Israel. Marzo 2015.

Campeche, México. Agosto 2014.

Campeche, México. Agosto 2014.

Isfahán, Irán. Diciembre 2016.

Isfahán, Irán. Diciembre 2016.

Amanecer en Sossusvlei, Namibia. Agosto 2010.

Amanecer en Sossusvlei, Namibia. Agosto 2010.

Vila Nova de Gaia, Oporto. Portugal, diciembre 2015.

Vila Nova de Gaia, Oporto. Portugal, diciembre 2015.

Y entiendo que no todo el mundo puede pensar como yo. Que a veces me enervo cuando alguna persona me dice que tal o cual sitio es muy inseguro, que para qué irse tan lejos con lo bien que se está en casa. Que cómo se me ocurre ir o planear aquel país como destino. Que qué como allí, que qué asco, que no podría dormir donde yo lo he hecho, o probar aquello, o viajar de esa manera. Que jamás podría encontrarse en un país distinto sin saber qué va a hacer al día siguiente. Y yo me armo de paciencia e intento convencerlos de que viajar es lo mejor que existe, el dinero mejor invertido. Que abre la mente, que te hace descubrir historias y conocer a gente increíble. Darte cuenta de que la vida es mucho más interesante cuanto más puedas comparar tus circunstancias con lo que hay ahí fuera. Que el mundo es demasiado grande como para quedarse en casa sentado. Que es un auténtico regalo el poder acceder a tantas historias, a tantas culturas, a tantas formas de vida y personas que nada tienen que ver con nosotros. Que estoy segura de que una vez que lo prueben, no podrán parar.

Y mientras todas estas cosas me ocurren, vuelvo a contar historias. Y vuelvo a sugerir destinos. Y vuelvo a revivir mediante flashes lugares conocidos en el pasado. Y vuelvo a soñar con viajar.

Al pasado, al presente y al futuro.

Con la cara pintada de thanaka en Myanmar. Julio 2013.

Con la cara pintada de thanaka en Myanmar. Julio 2013.