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“Para que las papas se arruguen el truco es colocar sobre ellas un paño mojado cuando estén escurridas y aún calientes”. Gustavo, chef de Smile Cooking, nos acaba de desvelar el secreto mejor guardado de su abuela: la clave para que la receta más canaria de todas salga perfecta. Yo apunto en mi libreta cada detalle mientras la boca se me hace agua: entre el mojo verde, el rojo, el cerdo salteado y otras muchas viandas con las que Gustavo nos agasaja, mi estómago no hace más que rugir.

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Acompañados de un buen vino y la mejor de las conversaciones –la que sigue teniendo que ver con comida-, apuramos hasta el último granito del postre –mousse de gofio, por si teníais curiosidad-. Y así nos despedimos de esta experiencia gastronómica. Acabo de aterrizar en Gran Canaria, there pero la isla ya me ha ganado. Claro que conmigo lo tenía fácil: el estómago es mi gran debilidad.

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De repente me siento como en casa. Todo tiene sentido cuando me doy cuenta de que estoy caminando por la céntrica calle Triana. Aires de mi sur en el punto más al sur del país. Y me convenzo enseguida de que, durante los siguientes cuatro días, voy a experimentar la Gran Canaria más hospitalaria y acogedora. Así que para celebrarlo –y de paso bajar la comida- nos subimos en unas bicicletas eléctricas con las que recorrer la capital. Una estupenda forma de tomarle el pulso a Las Palmas.

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Y medio motorizados me adentro en ella para dejarme seducir por sus atractivos: paseamos por el puerto y por la playa de Las Canteras. También por Santa Catalina. Descubrimos el increíble belén de arena y llegamos hasta el castillo de La Luz, que en realidad es dos castillos en uno. Su historia, interesante, me asombra. Pero me quedo con las obras de Martín Chirino, artista canario que juega con el hierro y lo retuerce de una forma sin igual.

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Los bombones en la mesita de noche me auguran dulces sueños cuando llego a la habitación 325 del hotel Seaside Palm Beach, la que se convierte en mi casa durante mis días en Gran Canaria. Los buenos días se encargan de dármelos los ricos smoothies de frutas del buffet libre. Me cuesta trabajo decidir qué tipo de pan escojo y de qué manera quiero que me cocinen los huevos. Asumo lo que viene: la báscula también va a notar mi paso por esta hermosa isla.

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Volar, reír, flotar

La cuerda da un tirón y comienza a desenrollarse. No sé si el saber que tiene una longitud de hasta 200 metros me pone aún más nerviosa o me entusiasma. Quizás las dos cosas al mismo tiempo. La cuestión es que el globo al que me encuentro atada comienza a subir y a subir, y en pocos minutos me hallo prácticamente volando sobre la costa canaria. O, al menos, experimentando algo muy parecido a volar. Estoy haciendo parasailing.

Todo se ve diminuto desde aquí arriba. La lancha que tira de nosotras –porque sí, no ando por ahí volando sola, la Cosmopolilla me acompaña en la experiencia – zigzaguea y nos hace flotar. La sensación es indescriptible: todo es suave aquí arriba. Dos enormes sonrisas se dibujan en nuestras caras, aunque los nervios no desaparecen. Cuando nos venimos a dar cuenta ya tenemos nuestras posaderas plantadas en la pista de aterrizaje particular. Hemos volado, sí. HEMOS VOLADO.

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Pero el mar en Gran Canaria guarda muchas y gratas sorpresas. De sobrevolarlo paso a sus profundidades y me sumerjo en él con botella de oxígeno a la espalda incluida. El traje de neopreno que me mantiene aislada de las frías aguas me aprieta pero aún así el líquido se cuela en su interior. Respiro con cierta aceleración al comienzo, más tranquila después. Comienzo a flotar –de nuevo-, y me acuerdo de cómo sentía algo parecido solo unas horas antes. Puedo respirar bajo el agua… qué sensación. Los minutos me parecen más cortos estando aquí abajo. He superado mi bautismo de buceo gracias al Centro de Buceo Zeus Dive. Jamás voy a olvidar esta experiencia.

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Y el agua de hambre, no imagináis cuánta. Pero la gastronomía canaria sigue haciendo de las suyas. Nuestros mediodías y noches transcurren rodeados de las más ricas viandas y renombrados chefs –Alexis Álvarez, por ejemplo- se encargan de satisfacer nuestro apetito en los restaurantes de los hoteles Sheraton Salobre Golf y Cordial Mogan Playa. Vieiras a la plancha con puré de zanahorias, piña, puerros y aceite de pimienta rosa. Cherne con calabaza, uvas y pipas de calabaza. Magret de pato con salsa de tunos rojos, puré de papas, cebollas rojas y espárragos verdes. Casi nada.

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Viaje al centro de la isla

Amanece y el termómetro ya marca 24 agradables grados. La ropa cómoda es la protagonista hoy: toca senderismo. Los baches del camino nos hacen saltar sobre el asiento de nuestro 4×4 mientras avanzamos hacia la presa de Chira. Una manada de cachorros insiste en acompañarnos y corre tras nosotros durante kilómetros. Nos adentramos tanto en la isla que desisten. Y, de repente, llegamos a nuestro lugar de partida.

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Nuestra mañana transcurre en plena naturaleza. Realizamos una ruta de senderismo paisaje que nos rodea es impresionante. La vegetación, asombrosa. Descubrimos que en Gran Canaria hasta las plantas surgen de lo que podría parecer inerte. La vida se esfuerza por florecer para disfrutar de esta tierra. Subimos y bajamos, caminamos y paramos. Foto aquí. Foto allá. Las chumberas –aquí, tunos- crecen a cada uno de nuestros pasos en el camino.

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Dos horas tardamos en finalizar el recorrido. A punto he estado de resbalar en más de una ocasión, aunque logro llegar a mi destino habiendo salido airosa. La presa de Soria me anima a pedir un deseo y lo grito para mis adentros mientras me atrevo a mirar hacia abajo: mejor no pienso en los metros que me separan en estos momentos del suelo.

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Mientras almorzamos en un pequeño negocio de Soria, Fernando prepara el pan recién amasado y lo mete en el antiguo horno de leña que preside la terraza del bar. Lo veo trabajar y no puedo apartar los ojos de él. Realiza su oficio con maña, como seguramente lo han hecho sus antepasados durante años en este mismo lugar. Antes de ver el resultado de aquellos panes ya estoy a una hora de distancia montada en un barco que me muestra una nueva perspectiva del sur de la isla. Recorremos la costa canaria hasta llegar al puerto de Mogán.

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Casitas de colores, pequeños canales y comercios con encanto le dan vida a las escasas callecillas que conforman este pintoresco pueblo. Un paseo por ellas nos ayuda a relajar nuestro espíritu. Acabo el día contagiada del talante canario, ese de sonrisa eterna y habla tranquila.

Amanece en el sur

Ver amanecer junto a las dunas de Maspalomas no es cualquier cosa, puedo asegurarlo. Y menos cuando es el encargado de poner el broche final a mis días por Gran Canaria. Por eso no me extraña cuando compruebo que la vida comienza bien temprano en sus orillas. Cualquier excusa es válida: pasear, hacer yoga, salir a correr o simplemente disfrutar de la suave brisa que sopla a primera hora junto al faro que lleva el mismo nombre –de Maspalomas-, y que alerta a los marineros desde este punto de la costa desde hace ya más de 120 años.

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Pero antes de montarme en el avión, ese que me lleva de vuelta a la realidad, un último regalo de la isla. Se llama talasoterapia: una piscina de chorros de agua marina a diferentes presiones que me hace sentir flotando una vez más. Por eso cuando agarro mi maleta, me abrocho el cinturón y surco los aires de vuelta a casa, lo hago con una absurda sonrisa en la cara. La que confiesa que estos días en el sur de mi sur han sido un verdadero regalo para mis sentidos. Gran canaria se ha convertido en todo un descubrimiento.

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