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Hace ya un par de años que conocí Oporto. Y hace ya un par de años que le fui infiel a Lisboa, hasta entonces mi ciudad favorita de Europa. Es curioso que su vecina y hermana fuera quien le acabara por quitar el puesto: resultó que las rivales se encontraban mucho más cerca de lo que imaginaba. Pero, sintiéndolo mucho, así fue: en cuanto puse un pie en Oporto supe que tenía algo diferente. Un aura que la hacía especial. Que invitaba a salir a la calle y pasear, perderse por sus miles de rincones y dejarse sorprender por la belleza que esconde en los detalles más cotidianos.

Y fue así como caí rendida a sus pies.

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Estoy segura de que nadie que haya visitado la ciudad puede opinar lo contrario. ¿Quién podría decir que Oporto es fea? ¿Qué sus calles no son una hermosura? ¿Qué sus vinos no son el elixir más exquisito que han probado en sus vidas? ¿Qué sus fachadas no cautivan hasta al menos amante de las cosas bellas? 

Así que para todos aquellos que no hayáis tenido aún la suerte de descubrirla, aquí os la despiezo. A trocitos pequeños, de esos que se comen a bocaditos, sin empalagar. Toda vuestra, para que la disfrutéis tranquilamente.

Os dejo 20 cosas que no podéis dejar de ver o hacer si visitáis Oporto.

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1-Desayuno con diamantes

Bueno, quizás en lo de diamantes me he pasado un poco, pero solo tendréis que atravesar la puerta de entrada del Café Majestic para comprobar que el lujo no falta en este rinconcito de Oporto. Así que como no hay nada como empezar un día con fuerzas, vayamos al grano. Es cierto que muy probablemente (por no decir seguro) aquí acabéis pagando considerablemente más por un café que en cualquier otra cafetería de la ciudad, pero un día es un día, y seguro que os lo merecéis.

Considerado todo un icono de Oporto, el Café Majestic se encuentra en la Rua Catarina, la calle más comercial de la ciudad. Su fachada de estilo art nouveau ya atrae nada más pasar a su lado. El interior tampoco disminuye en elegancia: mármoles, maderas un piano de cola y otros detalles recuerdan a la belle epoque y a esos años 20 de cuando se inauguró el negocio. Después de desayunar (os recomiendo la torrija, una exquisitez), toca seguir descubriendo otras maravillas de la ciudad.

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2-Ir de compras por Santa Catarina

Y ya que estamos aquí, ¿para qué irnos más lejos? Santa Catarina es la calle comercial de Oporto más icónica. Aquí encontraréis todas esas firmas que se repiten sin cesar en los centros históricos de la mayoría de ciudades del mundo. Quizás eso sea precisamente lo menos llamativo. Lo mejor: contemplar las fachadas de los edificios, muchos de ellos repletos de azulejos típicos portugueses de preciosos colores.

Como le ocurre a Lisboa, algunas veces se siente ese aire decadente de quienes permanecen atrapados en el tiempo. Paredes medio destrozadas, con huecos dejados por aquellos azulejos que no aguantaron el paso de los años. Aún así, para mí, eso es precisamente uno de los elementos esenciales de la belleza de Oporto.

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3-Quedarse perplejo con los azulejos de la Capilla de las Almas

¿Alguna vez has estado ante algo tan, tan bello que te has quedado atrapado simplemente observándolo? Seguramente en muchas ocasiones, pero aquí, en Oporto, esto te ocurrirá sin cesar. Y una de esas veces sea probablemente frente a la fachada de la Capilla de las Almas.

Sinceramente, si hay un rincón de la ciudad con el que yo describiría la esencia de Oporto, sería este. Los colores blancos y azules, tan típicos de la ciudad, relatan con dibujos de Eduardo Leite varias escenas de las vidas de diferentes santos, entre ellas la muerte de San Francisco y el martirio de Santa Catalina.

Observa cada detalle, recréate en ellos, y antes de irte, por supuesto, haz una visita al interior. Aunque pequeñita, la capilla también tiene su encanto.

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4-Perderse en el mercado Bolhao

Puestos de verduras, pescado, carne, flores o gallinas… el mercado Bolhao es la esencia del día a día portuense, con el típico vaivén de señoras que se acercan a hacer la compra de la semana y los turistas que disparan sus cámaras ante todo aquello que les llama la atención. 

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Un sitio perfecto también para hacerse con algo de gastronomía que llevarse de recuerdo a casa. Un quesito, alguna lata de conservas de esas tan típicas de Oporto, o, por qué no, alguna botellita de vino. Aunque, si de verdad queréis catar un buen caldo… mejor cruzar el río. En Vila Nova de Gaia se encuentra el edén de los amantes de este placer.

5-Llevarse algún recuerdo de la Librería Lello

Pero antes de alimentar el alma con vino, hagamos una parada para alimentar el espíritu más literario. La librería Lello es uno de esos lugares mágicos, como sacados de un cuento o novela de fantasía, en la que los libros son los auténticos protagonistas. Desde hace ya un tiempo, y debido a la cantidad de turismo que entraba en el comercio para mirar y hacer fotos, han establecido una entrada de 4 euros por persona que se puede adquirir en un quiosco externo. Eso sí, esos 4 euros serán descontados de cualquier compra que hagáis en el interior, así que, de alguna manera, no llegaréis a perderlos. Y la visita es una auténtica delicia.

 

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La inmensa y majestuosa escalera central, con sus peldaños rojos y su barandilla de madera es, simplemente, preciosa. Solo tendréis que poner un pie en el interior y vuestra mirada se irá hacia ella. Otra cuestión será poder subirla con tranquilidad: la cola de gente intentando hacerse una foto en sus escalones suele ser considerable.

Recorred la librería de arriba abajo, de principio a fin, y descubrid las maravillas que guarda en su interior. Si tenéis ganas de llevaros algo de recuerdo, podréis apostar por algún poemario de Pessoa o alguna novela de Saramago: en la librería tienen obras de ambos autores portugueses en diferentes idiomas.

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6-Subir a lo más alto de la Torre de los Clérigos

Casi frente por frente con la Librería Lello, atravesando un moderno parque creado en los tejados de un pequeño boulevard comercial, se encuentra la Torre de los Clérigos, que se acabó de construir en 1763. Pero ya que habéis llegado hasta aquí, no debéis dejar de visitar el interior de la iglesia, interesante y sinceramente bonito.

Una vez recorrido, tocará subir los 240 escalones que llevan hasta lo más alto de la torre, a 76 metros de altura y desde donde se puede disfrutar de unas vistas inigualables de toda la ciudad. Eso sí, repito, son nada menos que 240 escalones, así que más vale estar preparado y no temer a los lugares estrechos. Las mismas pequeñas escaleras que sirven para subir, son las que se utilizan para bajar, así que el recorrido se hace más lento al tener que estar continuamente dejando paso a los que van en dirección contraria. 

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7-Maravillarse con las fachadas de los comercios más antiguos

Es tan fácil y sencillo como ir paseando por las calles de Oporto y, de repente, encontrarse de frente con un comercio que parece creado para el decorado de una película de hace décadas. Los hay de todo tipo, aunque es cierto que la mayoría de los más bonitos corresponden a negocios de ultramarinos.

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La decoración y colores de la fachada suelen ser preciosos. Con dibujos antiguos, que permanecen desde épocas más antiguas, le dan un aspecto a las tiendas que invitan a entrar y pasar horas observando todos sus productos. Los grandes escaparates también son un continuo. ¿Los más bonitos? A mi gusto, aquellos que muestran las típicas latas de sardinas o patés. 

Dos comercios que no podréis dejar de visitar son la Casa Oriental (junto a la Torre de los Clérigos) y Apérola do Bolhao (Rua Formosa 279). Preciosos ambos.

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8-Hacer una parada en Bento

Y antes de llegar a la zona más conocida de todo Oporto, otra paradita. Esta vez en la estación de trenes de Bento, otro de esos lugares que esconden una auténtica maravilla en su interior. Otro de esos lugares, para ser claros, donde podréis disfrutar una vez más de esos azulejos tan típicos de la ciudad. 

La estación fue acabada en 1903 y su vestíbulo principal es un museo propiamente dicho. En cada una de sus paredes, enormes dibujos compuestos por hasta 20.000 azulejos muestran escenas de las batallas más importantes de la historia portuguesa. También la historia del transporte queda representada en ellas. ¿El autor? Jorge Colaço, pintor portugués especializado en el trabajo en azulejos y de los más reconocidos en el país.

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9-Descubrir Ribeira y el increíble puente de Don Luis I

Y si existe una estampa clásica de Oporto, ese es su famoso puente de Don Luis I, que une la zona de la Ribeira con Vila Nova de Gaia, zona de bodegas. Un puente especialmente peculiar, en dos alturas, por las que pueden cruzar tanto peatones como coches y transporte público.

Y lo cierto es que no hay tienda de souvenirs que se precie que no posea el puente ilustrado de mil y una formas: en láminas, imanes, posavasos o postales. Todos los soportes son válidos para llevarse este trocito de Oporto a casa, que para algo es el auténtico emblema de la ciudad.

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Pero para disfrutarlo bien, lo suyo es pasear por Ribeira, escoger uno de los muchos bares y restaurantes abiertos en la zona, y tomar una copita de vino –o, por qué no, una caldeirada de pescado o un pulpo asado- mientras se disfruta de las vistas.

El río Duero, con sus famosos rabelos –barcazas tradicionales en las que siglos atrás se transportaban los barriles de vino de Oporto río abajo- sigue su curso bajo el enorme puente de metal. Cuando a mediados del siglo XIX salió a concurso su diseño, fue descartado el de Gustave Eiffel por no resultar del todo práctico para la ciudad al disponer de una sola altura. Finalmente se lo llevó uno de sus discípulos, el ingeniero alemán Téophile Seyrig, que dirigió la obra hasta 1886, cuando por fin estuvo en pie.

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10-Tomar unos vinitos con vistas a Oporto

Estaría mintiendo si no confesara que este punto es uno de los que más me motivan de un viaje a Oporto –y probablemente a mucha más gente-. ¿Qué le vamos a hacer? A una le gusta el buen vino y siempre que hay ocasión de disfrutar de él, se convierte en algo prioritario. Así que animaos a dar un agradable paseo desde Riberia, cruzando el puente de Don Luis I, para llegar hasta Vila Nova de Gaia y así a sus bodegas.

Al parecer hay más de 30 repartidas por las diferentes cuestas y calles de este pequeño pueblo, – sí, resulta que Vila Nova de Gaia es una localidad diferente a Oporto, aunque pocos los saben y la consideran un barrio más-.

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Algunas de las bodegas más famosas, como Calem o Sandeman, suelen tener cola para entrar en ellas. Yo os animo a que, independientemente de que las visitéis, os perdáis por otras calles más pequeñas para conocer así bodegas más desconocidas pero con unos vinos estupendos. A veces incluso utilizan procedimientos más tradicionales y son más acogedoras que las de los grandes nombres. 

Normalmente por unos euros podréis hacer una visita guiada incluyendo una degustación final. Que os llevéis alguna botellita a casa ya es vuestra decisión. Aunque, sinceramente, yo no me lo pensaba.

¿Una recomendación? La pequeña bodega Porto Augusto´s es sencilla, humilde pero con clase. Abierta en 1977 se trata de una empresa familiar 100% portuguesa y sus vinos están riquísimos. Como curiosidad: sus vinos no se pueden comprar en otro sitio que no sea la propia bodega. Solo producen entre 25 y 30 mil botellas al año y no las exportan fuera de Portugal. 

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11-Ver atardecer desde Vila Nova de Gaia

Y ya que habéis cruzado el río, quedaros un ratito más. Buscad un banco tranquilo en el paseo fluvial junto a los antiguos rabelos y sentaos. Frente por frente, las preciosas vistas de Riberia con sus fachadas de colores. En sus bajos, la vida seguirá fluyendo con ritmo, llenando de vida cada uno de los negocios que aprovechan el enclave para ofrecer almuerzos, cenas o copas rodeados de un marco incomparable.

Sentaos y disfrutad. Cuando el sol se vaya poniendo y el atardecer haga mutar los colores del cuadro que presenciáis ante vosotros, veréis pura magia. Un lugar especial. 

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12-Dar un paseo por Miguel Bombarda

Toda ciudad que se precie cuenta con un barrio… moderno –digámoslo así-, y Oporto no iba a ser menos. En Miguel Bombarda (y su vecina calle Rosario) los azulejos dejan paso al arte callejero, los comercios antiguos a las galerías de arte y los bares de toda la vida a la nueva cocina. 

Así que si sois de los que os gusta indagar también sobre las nuevas tendencias de un lugar, este es vuestro sitio. Solo deberéis dar un paseo hasta esta zona de la ciudad donde vuestros sentidos acabarán borrachos de tanta sugestión.

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Algunas paradas obligadas serán la galería de arte O! Galeria, donde disfrutaréis de un verdadero espectáculo visual con sus paredes repletas de obras e ilustraciones de artistas nacionales e internacionales. El Centro Comercial Miguel Bombarda tiene desde originales tiendas hasta coquetos bares donde parar a tomar algo. Una zona muy, muy recomendada.

¿Y para comer? Os recomiendo Bugo (Miguel Bombarda 598), una hamburguesería muy moderna con opciones que os harán chuparos los dedos.

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13-Seguir disfrutando de los azulejos

Sí, de nuevo una breve parada para dejarse deslumbrar por un inmenso mural realizado con azulejos en blanco y azul, como es típico de la ciudad, esta vez de 1912. El lateral de la Iglesia do Carmo es otra de esas alegrías que se lleva uno al pasear por Oporto, una más de las muchas obras de arte que se pueden disfrutar libremente, y por la que hay que pasarse sí o sí.

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14-Reírse en un museo al aire libre

Porque si algo hacen las esculturas que propongo contemplar ahora, es reírse. Eso sí, hay que esforzarse en lograr descubrir dónde se encuentran estas originales obras de arte. Y es que están en el Jardín de la Cordoaria, ni más ni menos, a pocos metros de la torre de los Clérigos y de la librería Lello. Esta tranquila y bonita zona verde al aire libre es el lugar elegido para exponer las cómicas obras de Juan Muñoz, un escultor y artista español nacido en Madrid, galardonado con el Premio Nacional de Artes Plásticas en el 2000.

Quizás os suenen de algo las esculturas: normal, algunas muy semejantes, realizadas por este renombrado artista, han sido expuestas en museos de medio mundo. Desde hace unos años, y para el deleite de los habitantes de Oporto y sus turistas, se puede disfrutar de estas, colocadas sorprendentemente a la intemperie en medio de la ciudad. Ahí, riéndose del mundo, están listas para que quien quiera se siente junto a ellas a disfrutar de ver la vida pasar. Una joyita que no hay que dejar de ver.

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15-Disfrutar de la gastronomía

¿Quién diría que Portugal no es sinónimo de buen comer? Y si además, se trata de Oporto, mucho más. Mi debilidad por la gastronomía me lleva a que el estómago sea el que decida en más de un viaje, y en esta ocasión me dejé llevar de su mano para disfrutarla sin control.

Así que, si sois unos sibaritas como yo, os comento algunos lugares que no dejaría de probar. A ver si hay suerte y estáis de acuerdo conmigo.

-Ya me avisó mi amiga Charo de que me iba a encantar, y tuvo toda la razón. O Pararico (Rua de Costa Cabral 2343) es un restaurante que por el lugar donde se encuentra podría parecer hasta secreto. Tras la vieja puerta de una antigua casa, a la que hay que llamar al timbre para poder acceder, se esconde un restaurante de esos a los que hay que ir para darse un buen homenaje. A la hora de la cena la luz es bastante tenue, ofreciendo una intimidad que se agradece. Sobre la mesa, directamente dispuestos, unos aperitivos exquisitos (quesos, patés, ensalada de bacalao…) que te cobrarán según lo que pruebes, pero que merecen la pena. La carta es una locura para los sentidos. Nosotros nos animamos con un arroz que estaba riquísimo, y de segundo una carne a la brasa. De verdad, si podéis, no os lo perdáis. Eso sí, preparad el bolsillo porque no es un lugar barato.

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-A Grade. También por recomendación de amigas (gracias Lidi, Ana y Ruth) comí en esta pequeña tasca, de las más auténticas que probamos, en una callecita en cuesta muy cercana a la zona de Ribeira. Llovía y hacía frío, pero eso no nos impidió disfrutar en una de sus mesas exteriores (bajo un toldo, eso sí) de una rica sopa y del pulpo a la brasa que nos sirvieron. Una vez más: una exquisitez. No resultó ser especialmente barato, pero es que las buenas cosas, se pagan. Otra recomendación, sin duda.

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-Probar la francesinha, uno de los platos más típicos de Oporto. Bomba calórica donde las haya, esta especie de sándwich repleto de salchicha, filetes, huevo, queso y todo aquello que suponga colesterol, está para chuparse los dedos. El lugar más famoso para tomarla en la ciudad es el Café Santiago. Yo no tuve suerte y el día que traté de ir estaba cerrado, así que la probé en otro restaurante cercano a Aliados. Eso sí: fui incapaz de acabármela. 

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16-Dejarse deslumbrar en la Catedral de la Sé 

Vale, ya sé que no paro de repetir que todo es una maravilla en esta ciudad. Pero creedme: lo es. Porque cada una de las propuestas que os estoy haciendo en este artículo posee ese toque que lo hace especial. Diferente. Único.

Recuerdo perfectamente mi cara de emoción al entrar en el claustro de la catedral de la Sé. Ya me había encantado el exterior, donde había disfrutado de la vistas que se obtienen de la ciudad. Pero, una vez dentro, no podía creerlo. Me encontré ante uno de los claustros –no sé si alguna vez lo he comentado, pero soy una absoluta fan de los claustros, me encantan- más bellos que he visto en mi vida: las paredes repletas de azulejos en los que se plasman escenas religiosas le dan una vida y alegría al lugar difícil de encontrar en otros similares. Pertenece al siglo XIV y, al igual que el rosetón de la catedral, son de la primera etapa de la Sé, que fue fundada en el siglo XII. 

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17-Tomar la merienda en la Rua de las Flores

O la cena, ¿por qué no? Los coquetos comercios que se reparten por esta agradable calle son de esos que te dejan atrapados mirando qué se cuece dentro a través del escaparate. Pero para estar fuera, mejor animarse a entrar, ¿no?

Así fue como acabé tomando la merienda en el salón de té Jóia da Corona. Con toda su decoración inspirada en muebles que parecen sacados de un palacio del siglo pasado, desde su escaparate parecía el lugar más acogedor del mundo. Una vez dentro, sentada sobre uno de sus mullidos sillones, decidí tomar uno de sus exquisitos pasteles y una infusión. La música, el ambiente y cada detalle de la cafetería, elegido con estilo, convertían el lugar en un saloncito encantador en el que llegar a sentirte como en tu propia casa.

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Otro escaparate que engancha con solo pasar por delante de él es el de la Mercearia das Flores. Infinidad de latas de colores de estilo vintage, con sardinas, patés y otras exquisiteces en su interior, se amontona en la repisas de la alacena junto a la barra. Mesas altas, banquetas, y gente a todas horas: no es tarea fácil encontrar un hueco en este pequeño local. Si lográis encontrarlo, disfrutad de alguna de sus tablas de quesos o chacinas y algún vino de Oporto, que para eso estamos en la ciudad propicia. Eso sí, si sois capaces de controlaros hasta el punto de no llevaros una colección de esas latas de conservas que venden a vuestra casa, seréis mis ídolos. Yo no pude contenerme…

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18-No olvidar mirar hacia arriba

Porque, si aún no os habéis percatado, Oporto sorprende en las alturas. Y cuando digo en las alturas, me refiero a todas esas ventanas que destacan en aquellos edificios pintados de colores o forrados de azulejos donde la colada de algún vecino cuelga a la vista de todo el mundo.Y es precisamente en eso, en los detalles más cotidianos, donde reside aquello que tanto me gusta de esta ciudad -creo que ha quedado demostrado con las fotografías de este artículo-. Ya sabéis: no os olvidéis de levantar la vista más allá de lo que tenéis frente a vosotros. 

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19-Descubrir el Jardín del Palacio de Cristal

Quizás lo más fácil sea que aprovechéis vuestro paseo por Miguel Bombarda para acercaros a este cuidado parque donde lo más llamativo es la paz y tranquilidad que se respira. A pocas personas os encontraréis por él más allá de algún que otro turista y algún autóctono que aprovecha para hacer algo de deporte por sus senderos. Repleto de esculturas y jardines de flores, no dejéis de asomaros a algunos de sus miradores. La perspectiva del Duero y de Vila Nova de Gaia al frente es distinta a la que encontraréis en la zona de Riberia, pero es igualmente preciosa. 

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20-Un punto de modernidad

Y el recorrido por Oporto acaba en la Casa de la Música, precisamente el último lugar que visité antes de regresar a casa tras mis días en la ciudad. Obra del arquitecto holandés Rem Kookhas, es una muestra de la nueva Oporto, más moderna y transgresora. Enteramente de color blanco, podría decirse que su forma emula una caja con algunas de las esquinas cortadas, cada una de ellas de una manera diferente. El edificio parece sacado del futuro y contrasta bastante con el tipo de arquitectura de Oporto, pero no está de más dar una pincelada de luz y salir de lo clásico de vez en cuando.

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Un contrapunto a lo esperado. A lo bello de una ciudad única que debe su esencia a saber ser diferente, original y atractiva hasta en aquello que otras ciudades no saben defender.

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