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El despertador suena a las 8 de la mañana y fuera todo es aún oscuridad. Las horas de sueño no han sido las oficialmente suficientes pero qué más da: la imagen de las auroras de la noche anterior viene a mi mente y ya nada importa. En el guesthouse en el que nos alojamos en el pequeño pueblo de Vik, en la costa sur de Islandia, huele a tortitas. Me ducho y me visto rápidamente para ir a descubrir qué más cosas se ofrecen para empezar el día con fuerzas. Termino mi infusión (después de tostadas, tortitas y algo de fruta) cuando ya la luz comienza a tener más protagonismo en el exterior. Abrigo, calcetines gordos, gorro y guantes: sigamos explorando Islandia.

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Desde la colina donde se encuentra la iglesia del pueblo las vistas son increíbles. Pero es cuando subimos un poco más, en una explanada junto al cementerio de Vik, cuando la estampa se convierte en un auténtico cuadro en vivo: los colores de las casas, la iglesia con su tejado a dos aguas rojo, la playa de arena negra de fondo, dos inmensas rocas sobresaliendo del mar… Solo con contemplar lo que aparece ante mí, ya una comienza mejor el día, no tengo ninguna duda.

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Vik me gusta, a pesar de ser un pueblo con no más de tres o cuatro calles. Se trata del lugar donde más llueve en proporción en toda Islandia. Y, además, es la localidad más al sur del país. Por sus calles apenas se ve pasear a nadie. Parece bastante solitario, aunque las luces encendidas tras las ventanas de las casas confirman lo contrario. Cuando dejamos el pueblo montadas en nuestro coche llego a sentir incluso algo de pena: me gustaría disfrutar un poco más de aquel lugar.

Avanzamos más aún hacia el sureste, recorriendo de nuevo el camino que la noche anterior nos llevó a la caza de las auroras. Hoy todo es distinto. Hoy podemos ver lo que nos rodea. La negra oscuridad se ha vuelto de colorines y todo son paisajes que siguen atrapándonos, como ya comenzaron a hacerlo el día anterior. Aparecen más cascadas a la izquierda de la carretera, a veces en forma de grandes torrentes que se precipitan desde lo alto de una montaña. Otras como si fueran finísimos hilos de agua cayendo desde los barrancos más altos. La costa, a nuestra derecha, por momentos se aleja y por momentos se acerca. El clima, una vez más, cambia cada 20 kilómetros. Ya lo dice un sabio proverbio que aparece estampado en las camisetas que se venden como souvenirs por todo el país: si no te gusta el clima de Islandia, espera 5 minutos. Y no le falta razón.

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Un inmenso campo de musgo atrapa nuestra atención una vez más. Esta vez decidimos parar a un lado de la carretera y explorarlo. Comenzamos a caminar por él y dan ganas de tirarse al suelo: es blandito, da la sensación de estar paseando sobre un enorme colchón natural. El suelo está mojado por la lluvia y la humedad de la mañana, pero da igual: acabamos tiradas en él comprobando de primera mano lo mullido del terreno. Si no hiciera tanto frío seguramente el tiempo se extendería más de lo imaginado en este lugar.

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Nuestro destino en el día de hoy está claro, pero somos incapaces de permanecer más de veinte minutos dentro del coche. El quitarnos y ponernos el abrigo se convierte en el ritual más repetido de todo el viaje. Es increíble a qué velocidad se me hielan los dedos de la mano cada vez que salgo del coche. La lluvia, que nos ha acompañado durante un trayecto del camino a modo de chispeo, vuelve a desaparecer. Y lo ha hecho justo cuando decidimos parar frente a la vaya de una finca privada. El sol aparece y nos regala una luz que convierte el paisaje en una de las estampas más bonitas de todo el viaje. Una luz cálida, otoñal. Amarillos, naranjas, marrones… Y, de repente, como por arte de magia, aparece ante nosotras un arcoíris que le pone la guinda al pastel. Ese pastel que no nos cansamos de probar.

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Sin vergüenza alguna, aunque con un poco de reparo, nos adentramos en la finca dejando el coche tras nosotras. Un largo camino nos lleva hasta varias cabañas de madera. Pertenecen a lo que antes era una granja. No está abandonada, pero está claro que en su interior ya no hay nadie. O, al menos, en este momento. Entramos al jardín y pasamos junto a varias de las casas. Las cortinas corridas en las ventanas del piso inferior nos impiden ver qué hay dentro. Solo una fotografía de dos señores en una de ellas nos informa: esos fueron los dos últimos granjeros del lugar.

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Pero no llegamos aquí por casualidad. Luis, compañero y amigo, nos ha informado de este rincón, uno de los más pintorescos y secretos de los que hemos conocido hasta el momento. En aquel jardín existe una joya escondida que pocos conocen: una iglesia de tamaño diminuto en la que apenas caben unas cuantas personas. Encontramos la puerta cerrada, giramos el pomo y empujamos con fuerza: se abre. En su interior todo está en perfecto estado. Un pequeño altar, una bandeja con varios recipientesy hojas escritas, un pequeño banco en el que sentarse a rezar… Me paro a descansar en él y la luz que entra por la ventana me hipnotiza. Aquel es sin duda un lugar especial. A través del cristal veo algo que llama mi atención en el exterior: junto a la pequeña iglesia hay varias tumbas. Una especie de pequeño cementerio con los cuerpos de los que, llegamos a la conclusión, han vivido en aquel lugar. Algunas de las fechas que aparecen en las tumbas son lejanas, de más de 100 años atrás. Otras, sin embargo, son bastante recientes. Generaciones enterradas en el mejor rincón donde se podría querer descansar. En casa.

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Acabamos regresando al coche para continuar nuestro camino. La carretera, infinita hacia ambos lados, está desierta. Pocos son los coches que disturban, y eso que se trata de la principal vía por la que circular en toda la isla. Con únicamente 350 mil habitantes, Islandia se trata del país con menos densidad de población que he conocido. Y la mayoría de ellos, además, se concentran en su capital, Reikiavik. Eso quiere decir que tenemos la isla casi entera para nosotras.

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Lo que tanto ansiamos encontrar no se hace esperar demasiado. Entre parada y parada el viaje nos hemos entretenido, y cuando menos lo esperamos comenzamos a ver enormes extensiones de hielo a nuestra izquierda: es un glaciar. Elegimos un camino al azar y nos adentramos todo lo que podemos hasta llegar a esa enorme masa blanca con nombre propio: Svínafellsjökull. Nos percatamos de que apenas hay coches, un par de ellos quizás. El resto del camino lo avanzamos a pie, embutidas en nuestros abrigos y dejando un diminuto espacio entre bufanda y gorro. Con tener el hueco suficiente para poder ver, basta. Llegamos hasta el borde de un precipicio frente al glaciar, y nos quedamos sin palabras. El silencio se convierte en el gran protagonista: se hace complicado explicar lo que tenemos ante nosotras. No hay palabras que puedan describir aquello. Ni fotografías, ni videos. La magnitud y espectacularidad de aquel lugar es solo comprensible al situarse frente a él, como estamos haciendo nosotras. Los ojos van de un lado a otro intentando captar cada detalle.

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Seguimos caminando entre grandes rocas con miedo a resbalar: está chispeando y no estamos en el mejor lugar para dar un traspiés. Oímos voces a lo lejos, más allá de donde nos encontramos, y vamos en su búsqueda. En la distancia divisamos una estampa surrealista: una pareja de novios asiáticos han elegido ese inhóspito y helado lugar para hacerse las fotografías de su boda. Ella, tiritando de frío, posa ante el fotógrafo con un vestido blanco dejando sus hombros al aire. Apuesto a que está contando las milésimas de segundo para que aquello acabe. Yo, al menos, lo haría. Recordadme que si algún día me caso, jamás se me ocurra hacer algo así.

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Pocos kilómetros más adelante por fin llegamos: Jökulsárlón, ese lugar increíble repleto de icebergs que la noche anterior no pudimos disfrutar al estar completamente a oscuras, aparece ante nuestros ansiosos ojos. Enormes bloques de hielo desprendidos del glaciar flotan a la deriva en esta laguna durante años. Una laguna que cada vez es más grande. El cambio climático está provocando que el glaciar retroceda entre 200 y 300 metros cada año. Hielo que se derrite y va a parar justo a este punto, a esta laguna que tan solo cuenta con 80 años de edad. Hasta 1930 todo era glaciar hasta la mismísima carretera por la que hemos llegado. La estampa a día de hoy es muy diferente. Me pregunto cómo será esto dentro de 20 años.

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Mientras hago un gran esfuerzo por no congelarme al tiempo que me recreo en el paisaje, la lluvia comienza a hacerse notar. Cada vez es más fuerte, y al frío por las bajas temperaturas se une la tortura de estar empapándonos. Aún así, aguantamos. Bajamos hasta lo que podría denominarse “la orilla” de Jökulsárlón. Subimos a un pequeño montículo para valorarlo también desde las alturas. Sobre algunos de los enormes icebergs se pueden notar manchas oscuras: son los restos de ceniza de erupciones volcánicas. Una vez más, el fuego y el hielo unidos. En un mismo lugar. En un mismo momento. Islandia es única e increíble.

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Cuando ya estamos completamente mojadas regresamos corriendo al coche y encendemos la calefacción al máximo. Desde el interior, acomodadas en nuestros asientos, nos quedamos un buen rato más contemplando la estampa. Jökulsárlón hipnotiza, y me entran ganas de no moverme de allí. Soy consciente de que un espectáculo así es difícil de volver a ver. Siento que quiero quedarme en este lugar todo el tiempo posible, apurar hasta el último segundo.

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Pero no lo hacemos. Queda una última cosa por ver. Solo tenemos que mover el coche unos cuantos cientos de metros. Regresamos a la carretera y la volvemos a cruzar en dirección contraria, hacia el mar. En una explanada hay algunos coches aparcados y hacemos lo propio. La luz cada vez es más tenue, el sol ya está dando sus últimos coletazos. Aún no he recuperado del todo el calor y ya estoy saliendo de nuevo dispuesta a helarme. Corro por la arena hasta alcanzar la orilla del mar y, como si Islandia no me hubiera sorprendido lo suficiente en esta jornada, vuelvo a quedarme de piedra. Ahí están, frente a mí, todos aquellos icebergs, ya de menor tamaño, que han alcanzado el punto final de su vida. Al llegar al tamaño necesario han sido arrastrados por la corriente desde la laguna hasta este lugar. La orilla está repleta de bloques de hielo repartidos sin orden alguno por todas partes. Como si hubieran sido abandonados aquí. El contraste entre la arena negra y el hielo, tan enorme, tan transparente, crea una imagen que más que un paisaje, parece un decorado.

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Aguantamos allí todo lo que podemos. Las olas rompen en la orilla y su espuma llega casi hasta donde estamos. Miro todo una vez más. Cierro los ojos con fuerza e intento memorizar este lugar. Otro momento mágico de esta aventura. Me encanta sentir que el mundo sigue sorprendiéndome como el primer día que me embarqué en un viaje.

Regreso al coche mientras pienso en todo lo vivido hoy. Es como si Islandia escondiera muchas “Islandias” dentro de ella. Me muero de ganas por descubrir qué más regalos nos tiene preparado este país. Qué más esconde esta isla.

Pero, de lo que estoy segura, es de que no nos va a defraudar. 

Datos prácticos: Cómo viajar y moverse por Islandia

-NORWEGIAN es una aerolínea de bajo coste noruega que opera desde 14 aeropuertos españoles diferentes. Desde principios de noviembre de 2016, además, ofrece un vuelo directo que une Madrid y Keflavik, el aeropuerto internacional islandés. También conecta de forma directa Barcelona y la capital islandesa. Además de ser la única aerolínea con base en España que ofrece wifi gratis a bordo, sus precios son muy accesibles: por tan solo 140 euros puedes viajar ida y vuelta a Islandia. Para más información visita la web de Norwegian.

-La mejor manera de moverse por Islandia es, sin duda, de la mano de quien más conoce el lugar. La empresa española ISLAND TOURS, especialista en el destino, lleva años trabajando para poder ofrecer las ofertas de viajes más atractivas. Ya quieras viajar en un tour organizado o a tu aire, échale un vistazo a su web: ¡seguro que encuentras lo que buscas!