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Las aguas más turquesas que he visto jamás. La arena más blanca y fina. Hamacas de colores donde dormir siestas mientras el rumor de las olas hace de banda sonora. Iguanas de todos los tamaños, observadoras e inmóviles. Pelícanos que vuelan a ras de mar y que se convierten en inseparables compañeros de playa. Ruinas milenarias en las que aprender y descubrir y perderse. Coronitas que saben mucho mejor cuando se acompañan de tacos. Un chupito de tequila para brindar por el paraíso. Para brindar por el Caribe mexicano.

Expedia.mx me ha pedido que haga memoria y recuerde cómo fueron mis días por uno de los lugares más maravillosos que existen en la Tierra: Tulum, el auténtico edén. La joya de la corona del sur de México. Y, como los lugares que enamoran hacen que sea fácil hablar bien de ellos, me he puesto a escribir… y a evocar momentos únicos.

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La llegada…

Cuando bajamos del autobús todo está ya oscuro en el pequeño pueblo de Tulum. Las farolas, con su luz tenue, alumbran las escasas calles que lo conforman. Se escucha jaleo procedente de algunos de los bares de los alrededores. Enseguida un taxi nos pita para llamar nuestra atención. No tenemos ninguna duda, nos acercamos y negociamos precio para que nos lleve hasta la zona de las cabañas en la playa, no muy lejos de donde nos encontramos, pero lo suficiente para que no nos apetezca caminar cargados con las mochilas.

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Llevamos todo el viaje deseando que llegara este momento. Tulum iba a ser nuestra despedida de México por todo lo alto. El paraíso con el que llevábamos soñando desde mucho antes de tomar el avión que nos trajo hasta este increíble país. Hoy, tras habernos despertado en Flores, al norte de Guatemala, hemos atravesado en autobús todo Belice hasta llegar a nuestro ansiado tesoro.

Cuando entro en la cabaña que nos muestran para alojarnos los últimos días de nuestro viaje no doy crédito. Un enorme ventanal me va a permitir ver amanecer sobre el mar sin necesidad de levantarme de la cama. En el porche de nuestra habitación una hamaca se balancea suavemente, como invitándome a tumbarme en ella. Aunque todo está oscuro, escucho las olas del mar a tan solo unos metros de mí. Estoy entusiasmada, pero también exhausta. El trayecto ha sido largo y necesito dormir. Mañana habrá que tener energías para disfrutar de todo esto.

Azul Caribe

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Estoy segura de que el azul del mar Caribe es relajante. La visión de esos tonos turquesas debe de hacer de alguna forma “clic” en un lugar pequeñito de nuestro cerebro y provocar que el cuerpo trabaje más lento, como queriendo que el tiempo pase más tranquilo. ¿Para qué darse prisa en nada? Simplemente hay que dejarse llevar y disfrutar.

Camino hasta la orilla y la temperatura del mar me sorprende. El calor aprieta muchísimo y los grados del agua son los perfectos. Podría pasar horas aquí, a remojo, flotando con los ojos cerrados, sintiendo que desaparezco durante unos instantes.

Enormes pelícanos vuelan constantemente a mi alrededor. Buscan en el mar un aperitivo con el que saciar el hambre. Planean velozmente, casi rozando el agua, hasta tener clara su presa y lanzarse en picado a por ella. A veces, demasiado cerca de donde me encuentro. Parece que les temo más de lo que ellos me temen a mí.

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El enclave perfecto

Paso los controles de seguridad para acceder a las archiconocidas ruinas mayas de Tulum, y sonrío. Este era precisamente uno de esos rincones del mundo que tenía pendiente conocer. Y resulta que ahora estoy aquí, frente a ellas.

Camino por los senderos marcados y, con la ayuda de mi guía, voy conociendo qué fueron en el pasado cada uno de los restos arqueológicos que encuentro a mi paso. La “Casa del Cenote”, “El Palacio”, el “Templo de la Estela”, el del “Dios Descendente”… Las verdaderas guardianas del complejo, las iguanas, me observan sin apartar los ojos de mí desde prácticamente cualquier rincón o escondrijo. Da igual donde mire, siempre hay una espiándome.

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“La ciudad amurallada”, que así sería su traducción, fue una de las ciudades portuarias más importantes en su momento. En aquella época los mayas navegaban sin cesar por la costa y este enclave era importante en sus rutas comerciales. Esta fue, precisamente, una de las últimas ciudades mayas en ser despoblada tras la conquista española: no me extraña, solo por el idílico lugar en el que se encuentra, debió de costar abandonarla.

Desde el borde del acantilado que da al mar vemos unas escaleras que bajan hasta la arena. Es el camino a una de las playas más hermosas que puedan existir. Sin duda las ruinas no podrían estar situadas en un enclave mejor, estos mayas lo tuvieron muy claro… Descendemos y nos damos un chapuzón en sus cálidas aguas. El día, a partir de este momento, será mucho mejor, eso seguro.

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Degustar el sur 

No soy de beber cerveza, pero mientras estoy en México la Coronita me entra con una facilidad pasmosa. La acompaño de un taco de res que me sabe a gloria. No sé si es por su sabor, o por estar disfrutando de ambas con los pies hundidos en la arena. Estamos en el restaurante de uno de los hoteles vecinos a nuestra cabaña, en la playa.

Suena música con ritmo, del que me hace mover las caderas incluso estando sentada. No cambio este momento por ninguno. Qué gusto estar aquí, viviendo este instante. 

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Explorando el espacio

Es noche cerrada, apenas se aprecia nada más que oscuridad en los alrededores de nuestra cabaña. Caminamos hasta la arena y alzamos la vista al cielo. Nos quedamos sin palabras. Gracias a la casi nula contaminación lumínica, lo que encontramos es todo el universo mostrándose ante nosotros. Miles de millones de puntitos decoran el espacio infinito.

Observamos. Los minutos pasan y no podemos dejar de mirar hacia arriba. Las estrellas fugaces se van sucediendo. Pedimos todos los deseos que nos caben en esas milésimas de segundo.

Preparamos la cámara y hacemos fotos al infinito. Este recuerdo merece la pena inmortalizarlo de alguna manera. La Vía Láctea se ve clara, bien definida. Qué suerte poder llevármela a casa.

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De excursión

El señor que nos atiende en la oficina de alquiler de coches nos indica dos o tres claves para conducir el 4×4. Lo tendremos durante todo un día para poder movernos por los alrededores de Tulum. Genial, es lo que queríamos: poder acercarnos hasta Punta Allen recorriendo a nuestro aire la fina franja de tierra que se adentra en el mar a lo largo de 40 kilómetros.

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Entre la vegetación que rodea la estrecha pista de tierra por la que conducimos aparecen de vez en cuando claros. Playas desiertas, sin un alma en ellas. Aparcamos el coche en cualquier hueco y caminamos. La inmensidad del mar, la soledad de la eterna orilla. Solo para nosotros.

La arena, pálida y fina, se mete entre los dedos de mis pies. Tiene una textura diferente. Al mojarse se siente suave, como si fuera harina. Disfrutamos de las olas. Nos refrescamos. Seguimos nuestro camino.

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Punta Allen aparece ante nosotros como un pequeño pueblo de tan solo varias calles. Negocios que invitan a practicar snorkel. A bañarse entre tortugas gigantes en alta mar y descubrir así el mundo multicolor que se esconde bajo el agua.

Esto es el Caribe, señores. Y aquí no importa si se mira al cielo, se contemplan las profundidades marinas, si se otea el este o el oeste, al norte o al sur… todo sorprende. Todo es una maravilla. 

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Un regalo de última hora

De regreso a Tulum cruzamos un pequeño puente. Una familia mexicana al completo intenta pescar, ayudándose de largas cañas, en el río que corre bajo nosotros.

Paramos el coche. Nos acercamos a ellos. Intercambiamos unas palabras, hacemos fotos. De repente, el grito entusiasta de uno de los niños llama nuestra atención. Ha visto algo, una imagen asombrosa. Corremos a la barandilla del puente para comprobar a qué se refiere.

Nos quedamos sin palabras. Justo bajo nuestros pies, en el río, dos enormes cocodrilos nadan a su antojo…

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Dulce adiós

Toca despedirse. El paraíso se acaba para nosotros. Al menos, por ahora. Al menos, una parte. Porque Tulum queda grabado en mi memoria, con cada una de sus caras y cada uno de los instantes vividos. Mientras conducimos de regreso al aeropuerto de Cancún, desde donde saldrá el vuelo que nos lleve de vuelta a España, no puedo dejar de acordarme de las postales que nos ha regalado durante nuestros últimos días en México. No me cabía ninguna duda, pero ahora lo he comprobado en mi propia piel.

El paraíso existe, y está en Tulum.

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